sábado, 20 de septiembre de 2014

Capítulo 1

Se da media vuelta, observa por última vez el vestíbulo de la casa en la que ha vivido 22 años, y tras un suspiro, cierra. Coge las maletas y se dirige al taxi que le está esperando al otro lado de la calle.
Dos horas de viaje y, por fin, se encuentra ante su nueva casa. Susan sonríe al pensar que le esperan un par de años de libertad, de disfrutar de una casa para ella sola. Una, dos, y hasta tres horas organizando la ropa, los libros, dónde estudiar, dónde comer, dónde dormir, y un largo etc. Dan ya las 10 de la noche y se dirige a su pequeña pero acogedora cocina.
El reloj avanza y Susana sigue sin acabar de organizarlo todo. Las doce. La una. La una y media. Bosteza. Los ojos de la chica se cierran por sí solos suplicando descanso, así que ‘ya es suficiente por hoy’, piensa.

Se dirige a la despensa a coger unos bollos para desayunar, y de pronto, oye lo que parece ser el maullido de un gato tras ella. Se gira asustada y ve como una cola negra desaparece rápidamente tras el armario donde guarda la pasta. Confusa, se acerca y decide mover el mueble hacia un lado; de pronto, descubre una pequeña reja de barras metálicas, bastante oxidada, con un pomo que parece estar a punto de romperse. Traga saliva, sitúa su mano sobre la puerta, y tras un largo y profundo suspiro, empuja la reja.

Los nervios la despiertan. Son las seis y media de la mañana y no tiene clase hasta las diez, pero, tras varios intentos de volver a dormirse, decide levantarse y desayunar algo para calmar el apetito. Se sienta en el sofá y enciende la televisión; tan sólo telebasura, malas noticias y programas de horóscopos, etcétera. Coge el móvil y le escribe un mensaje a Óscar, su mejor amigo y compañero de universidad; “Hey, ¿qué pasa? Pensarás que estoy loca por enviarte mensajes a estas horas de la mañana, pero algo no me deja dormir hoy, supongo que tengo que acostumbrarme a la nueva cama, y al ambiente tan tranquilo que tiene esta casa. Comenzamos las clases a las diez y sé que sueles despertarte mucho más pronto para poder desayunar en la cafetería, te propongo algo: te preparo un desayuno prometedor, y vienes a visitar mi nuevo hogar en cuanto te despiertes. Vamos juntos a clase, si te parece. Besos, Susan.”
Vuelve a leer una segunda, y tercera vez el mensaje, y finalmente lo envía. El Sol ya comienza a verse del todo y la luz de la sala pasa a ser innecesaria. Abre de par en par las enormes ventanas que dan vida a su salón y las que permiten ventilar su cuarto; se dirige al baño y, tras una breve pero relajante ducha, se viste y vuelve al sofá.
“¡Susan! Estás de suerte, me he levantado pronto hoy. Por supuesto, estaré encantado de conocer tan temprano la casa a la que pienso ir a molestarte lo que nos queda de carrera, a las ocho y media estoy allí, ¡espero mi desayuno!”
Las ocho, y todavía no ha pensado en qué puede prepararle. Va a la despensa y coge todo lo que tiene, lo extiende en la gran mesa redonda de la cocina y al final se decide por unas crepes con azúcar y un chocolate caliente para compensar el frío mañanero. 
Suena el timbre.

-          ¡Hombre, qué arreglado vienes para un desayuno! – Exclama Susan al ver la camisa y americana de su amigo.
-          Qué menos, debo recibir la aprobación de esta preciosa casa, ya habrá tiempo para visitarla en chándal. – Contesta Óscar entre risas.
Cierra la puerta y deja su americana en el antiguo pero elegante perchero que hay en una esquina del recibidor; Susan le guía hasta la cocina, donde se sienta, y recibe las crepes con una inmensa cara de felicidad. Una vez desayunados, Susan le muestra todos y cada uno de los rincones de su acogedor hogar, y dadas las nueve y cuarto, deciden salir de casa para no llegar tarde a la universidad.
Tras una larga y aburrida clase de historia, Susan llama a su madre para contarle cómo ha sido su llegada:
-          ¿Y la casa? ¿Te gusta?
-          Es preciosa, mamá. – Sonríe. – Muy acogedora.
-          ¿Cuándo nos invitarás a verla? – Pregunta la madre ilusionada.
-          Cuando queráis, mamá, sois bienvenidos. Podéis venir a finales de septiembre que tengo unos días festivos, y no hará frío todavía.
-          Supongo que no hay mucha diferencia de temperatura, ¿no?
-          La casa es muy fría, la verdad, por la mañana llega a ser desagradable, pero eso lo iré perfeccionando con el tiempo, en cuanto al resto del día, es idéntico que en casa.

Tras varios minutos hablando, Gabriela, la madre de Susan, se despide y suena un pitido que avisa a la joven de que la llamada ha finalizado. A medida que va pasando el día, Susan va pensando en lo que necesita comprar urgentemente para aprovechar bien la tarde; comida, bebida, más mantas, ambientador, productos de limpieza, etc.
Las once. Ya no hay Sol que se deje ver, y su estómago  comienza a rugir pidiendo comida; llegó la hora de cenar. Después de un buen atracón de espárragos bañados en aceite, Susan se adentra en la ducha y seguidamente se acuesta. Cierra los ojos, suspira, y desea poder dormir mejor esta noche.

De pronto, oye cómo una lata de tomate resbala del tercer estante y cae al suelo. Un gato negro, escondido detrás de las demás latas, salta y se esconde tras el armario hasta desaparecer. Susan se acerca para recoger la lata y colocarla donde estaba, y decide ver si aquel animal sigue escondido tras el armario, pero, para su sorpresa, no es así. Empuja con todas sus fuerzas aquel mueble y descubre una pequeña puerta oxidada por la cual parece haberse adentrado el gato. Traga saliva, empuja la puerta, y…

Abre los ojos, asustada. ‘Una pesadilla’, piensa. Intenta respirar despacio y relajarse, e intentar dormir, pero le es imposible; mira el reloj, las seis y media, otra vez.
La noche siguiente, vuelve a repetirse la misma pesadilla, y el reloj vuelve a marcar las seis y media. Pasan dos, tres, hasta seis días, y siempre se repite lo mismo.

Séptima noche en su nuevo hogar, las doce y media, cierra los ojos, y, cuando vuelve a abrirlos, por el mismo motivo que en las últimas seis noches, el reloj vuelve a marcar las seis y media. Susan, asustada, se levanta y se dirige a la despensa. Allí, intenta localizar el armario de su pesadilla, pero nada de esa pequeña y fría habitación se parece a la de su molesto sueño, pero, de pronto, un maullido interrumpe ese incómodo silencio. Se gira asustada y ve una larga y negra cola esconderse tras un tablero viejo de madera apoyado en la pared. ¿Casualidad? Susan intenta tranquilizarse y decide apartar ese tablero de la despensa, y, para su sorpresa, una pequeña puerta se esconde tras él. A través de las verjas, puede ver una pequeña escalera y, nerviosa, decide bajarla. 

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